En la casa de Nazaret Cielo y tierra están por darse el beso de paz.
La hora divina está cercana.
Lección de la Reina del Cielo
Hija mía queridísima, si tú supieras cómo suspiro por tenerte encerrada en el reino de la Divina Voluntad, cada lección que te doy son barreras que formo para impedirte la salida y son fortaleza para ponerle muros a tu voluntad, a fin de que comprenda y ame el estar bajo el dulce imperio del Fiat Supremo. Por eso sé atenta en escucharme, porque no son otra cosa que trabajo que hace tu Mamá para atraer y raptar tu voluntad, y hacer vencer la Divina Voluntad sobre ti. Ahora amada hija mía escúchame, Yo partí del templo con el mismo valor con el que entré y sólo por cumplir la Divina Voluntad, Yo fui a Nazaret y no encontré más a mis queridos y santos padres. Iba acompañada sólo de san José, y Yo veía en él a mi buen ángel que Dios me había dado para mi custodia, si bien tenía legiones de ángeles que me acompañaban en el viaje. Todas las cosas creadas me hicieron reverencias de honor, y Yo agradeciéndoles di a cada cosa creada mi beso y mi saludo de Reina y así se llegó a Nazaret. Ahora, tú debes saber que san José y yo nos veíamos con reserva y sentíamos el corazón desbordante, porque el uno quería hacer conocer al otro que estábamos atados a Dios con el voto de virginidad perenne. Finalmente se rompió el silencio y ambos nos manifestamos el voto. ¡Oh! cómo nos sentimos felices, y agradeciendo al Señor nos prometimos vivir juntos como hermano y hermana. Yo era atentísima en servirlo, nos mirábamos con veneración y la aurora de la paz reinaba en medio de nosotros. ¡Oh, si todos se miraran en Mí para imitarme! Yo me adaptaba a la vida común, nada hacía traslucir fuera de los grandes mares de gracia que poseía. Ahora escucha hija mía, en la casa de Nazaret Yo me sentía más que nunca enfervorizada y rogaba que el Verbo Divino descendiera sobre la tierra. La Divina Voluntad que reinaba en Mí no hacía otra cosa que investir todos mis actos de luz, de belleza, de santidad, de potencia, sentía que formaba el reino de la luz, pero la luz que siempre surge, el reino de la belleza, santidad y potencia que siempre crece, así que todas las cualidades divinas que el Fiat Divino extendía en Mí con su reinar, me llevaban la fecundidad. La luz que me invadía era tanta, que mi misma humanidad quedaba de tal manera embellecida e investida por este Sol del Querer Divino, que no hacía otra cosa que producir flores celestiales; Yo sentía que el Cielo se abajaba hasta Mí, y que la tierra de mi humanidad subía, y Cielo y tierra se abrazaban, se pacificaban para darse el beso de paz y de amor, y la tierra se disponía a producir el germen para formar al Justo, al Santo, y el Cielo se abría para hacer descender al Verbo en este germen. Yo no hacía otra cosa que subir y descender de mi patria celestial y arrojarme en los brazos paternos de mi Padre celestial y le decía con el corazón: “Padre santo, no puedo más, me siento consumir, y mientras ardo siento una fuerza poderosa que quiere venceros, con las cadenas de mi amor quiero ataros para desarmaros, a fin de que no tarden más, sobre las alas de mi amor quiero transportar al Verbo Divino del Cielo a la tierra.” Y rogaba y lloraba porque me hubiera escuchado. Y la Divinidad vencida por mis lágrimas y plegarias me aseguró diciéndome: “Hija, ¿quién te puede resistir? Has vencido, la hora divina está cercana. Tú regresa a la tierra y continúa tus actos en la potencia de mi Querer, y con éstos, todos quedarán sacudidos, y Cielo y tierra se darán el beso de paz.” Pero a pesar de esto yo no sabía aún que debía ser la Madre del Verbo Eterno. Ahora hija querida, escúchame y comprende bien qué significa vivir de Voluntad Divina; Yo con vivir de Ella formé el Cielo y su reino divino en mi alma, si no hubiera formado en Mí este reino, jamás el Verbo hubiera podido descender del Cielo a la tierra, si descendió fue porque descendió en su reino que la Divina Voluntad había formado en Mí, encontró en Mí su Cielo, sus alegrías divinas, jamás el Verbo habría descendido dentro de un reino extraño, ¡ah! no, no, quiso primero formarse su reino en Mí, y descender como vencedor a su reino, y no sólo esto, sino que con vivir siempre de Divina Voluntad, Yo adquirí por gracia lo que en Dios es naturaleza, la fecundidad divina para formar sin obra de hombre el germen para hacer germinar de Mí la Humanidad del Verbo Eterno. ¿Qué cosa no puede hacer la Divina Voluntad obrante en una criatura? Todo, y todos los bienes posibles e imaginables. Por eso lo que más te debe importar es que todo sea en ti Voluntad Divina, si quieres imitar a tu Mamá y hacerme contenta y feliz.

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