LECCION DE LA REINA DEL CIELO
¡Hija mía, si tú supieras cuánto deseo estrecharte entre mis brazos y tenerte apoyada sobre mi Corazón materno!... Tus vehementes deseos de conocer los arcanos celestiales del FIAT Divino no son otra cosa que el eco de mis suspiros. Tu Mamá quiere verdaderamente confiarte sus secretos y narrarte la historia de las maravillas obradas en Ella por la dulce Voluntad Divina. Querida hija, préstame atención, pues mi Corazón quiere desahogarse, por eso te dirá lo que hasta ahora ha permanecido sellado, no habiendo aún sonado la hora de Dios. Sí, Dios, queriendo dar a sus criaturas gracias sorprendentes nunca antes concedidas en toda la historia de la humanidad, quiere hacer conocer los prodigios que su 10 Divino Querer puede obrar en ellas cuando se dejan dominar por El. Y habiendo Yo tenido el gran honor de realizar toda mi vida en su Divina Voluntad, El quiere ahora ponerme entre vosotros como el modelo a imitar. Ya te he narrado, hija mía, cómo la Divinidad festejó el instante de mi Concepción y como el cielo y la tierra me proclamaron como su Reina. Desde aquel instante, Yo permanecí en tal forma fundida con mi Creador, que me sentí dueña de sus dominios Divinos. Aquel mismo Querer que reinaba en El, reinaba ahora también en Mí y, por tanto, nos hacía inseparables. Y si bien todo era alegría y fiesta entre Nosotros, pero para que El pudiera confiar enteramente en Mí era necesario que Yo pasara una prueba. Hija mía, la prueba superada es una bandera que dice: “Victoria”; y ésta es capaz de hacernos poder recibir todos los bienes que Dios nos quiere dar, y dispone al alma a grandes conquistas. Yo comprendí cómo la prueba era necesaria para poder ofrecer a mi Creador, en reciprocidad de sus innumerables favores, una muestra de gran fidelidad, aun a costa del sacrificio de toda mi vida. ¡Oh, cuán bello es poder decir: “Tú me has amado y Yo te he amado”. Sin una prueba, ésto nunca se podría afirmar de verdad. Debes saber entonces, hija mía, que el FIAT Omnipotente me hizo conocer la obra de la Creación del hombre. También él había salido inocente y santo de las manos Divinas; también él había gozado de una felicidad indecible, dominando con su cetro toda la creación y todos los elementos. El Querer Divino que reinaba en él soberano, lo enriquecía con todos los bienes de la creación y lo hacía inseparable de su Creador. Pero antes de confirmar la inocencia, la santidad y la felicidad del primer hombre, antes de concederle el dominio sobre todo el universo, Dios quiso sujetarlo a una prueba. Entre tantos frutos que se encontraban en el Paraíso Terrenal, le prohibió tocar uno solamente... Pero Adán no supo permanecer fiel, y habiendo transgredido la orden divina, el Señor no pudo fiarse más de él y, por tanto, quedó obligado a privarlo de las sublimes prerrogativas con las cuales lo había dotado. La obra de la Creación, en consecuencia, se puso, por decir así, de cabeza, se trastornó. Cuando Yo conocí los grandes males que la voluntad humana había provocado en Adán y en toda su descendencia, en cuanto fui concebida, lloré amargamente por el hombre caído. Y de igual modo no tardó en llegar para Mí el momento de la prueba. El Querer Divino me invitó a entregarle mi voluntad. “No te pido”, me dijo, “la obediencia que le pedí a Adán, no; te pido a Ti que me des tu voluntad; Tú la tendrás como si no la tuvieras, bajo el imperio de mi Querer, que será tu vida.” El FIAT Supremo hizo así el cuarto paso en mi alma, pidiéndome mi voluntad como prenda, esperando que pronunciara mi FIAT, como mi aceptación. Más adelante te narraré el éxito de la prueba. Por ahora te encomiendo imitar a tu Mamá, no rehusando nunca nada a Dios, aun cuando El exigiera de ti sacrificios que duraran toda tu vida. El perseverar con fidelidad en la prueba que Dios quiera de ti le permite desarrollar sus designios en tu alma y hacer de ella su obra maestra. Quien no es fiel en la prueba, trastorna la obra de su Creador. Por eso, querida hija, estáte alerta. Si tú correspondes a los deseos Divinos, harás tú mayormente feliz a tu Mamá. Esfuérzate en contentarme y Yo te guiaré en todo.

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